DENTRO DE UN MONSTRUO

Ocurrió un día que caminaba tranquilo por la calle. Un auto negro se detuvo frente a mí, y dos hombres de anteojos oscuros me tomaron y metieron al interior del vehículo. Me defendí, pero no sirvió de nada: Me inyectaron algún tipo de sedante, y perdí el conocimiento.

Desperté en una sala llena de instrumental quirúrgico manchado de sangre, y a la vez, de paredes y luces muy limpias. Estaba atado a la cama, mareado y con nauseas. “La transformación está casi lista” oí decir a un hombre de bata blanca que estaba a mi izquierda. Se lo explicaba a todo un auditorio que estaba a mi derecha, tras un vidrio, observando el macabro espectáculo. Mujeres que imagino eran enfermeras, y algunos hombres paramédicos, iban y venían, ensangrentados. ¿Era acaso esa mi sangre? “¡Qué me están haciendo!” les grité, pero sólo me miraron, y siguieron con la pesadilla de experimento. Algunos hasta rieron. “¡Por favor, deténganse!” les imploré; no sirvió de nada. Sentía pinchazos que me dolían mucho; pensaba que lo más doloroso que había experimentado en mi vida había sido la mordida de un perro que una vez una vecina dejó salir por error: Era un Pitbull que de un salto cogió uno de mis hombros y lo cercenó. Pero no; estos pinchazos eran más dolorosos. “¡Por favor!” no dejé de decirles, pero simplemente me ignoraban. Y cuando logré levantar mi cabeza, me di cuenta: Era un monstruo. Me habían puesto un cuerpo que no era el mío: Era el de un monstruo. Lloré, y por respuesta recibí una buena dosis de sedante, y ya no pude seguir despierto. 

No sé cuánto rato pasó hasta que desperté. Esto debía ser una pesadilla. Volví a observarme, pero nada había cambiado: allí estaba, en el cuerpo de un ser perverso. Me habían mutilado varias partes de mi propio cuerpo, me habían puesto las rodillas al revés, y la piel que recubría todo era pálida, enfermiza: Podía ver todas mis venas retorciéndose bajo ella. Miré en otra dirección. Pero ya no podía llorar. Intenté recordar a mis amigos, a mi madre, a mis hermanos… Nada. Podía ver su imagen, pero no podía extrañarlos. No sentía nada. ¿Qué ocurría? Parecía que me habían arrebatado el alma. Intenté calmarme, y pensé entonces en algo que siempre me generaba fuertes sentimientos: La imagen de esos niños que mueren de hambre, o mutilados en la guerra; de personas muriendo de frío en las calles, o de ancianos abandonados en los asilos. Pero nada, nada me conmovía. “¡En qué monstruo sin sentimientos me han convertido!” dije. Y una mujer que hablaba con el macabro doctor se acercó. Por fin alguien prestaba atención a lo que decía. “Doctor, ya puede hablar, y dice que no tiene sentimientos. La transformación fue todo un éxito” exclamó, y me pasó un espejo para que viera mi rostro. Lo dejé caer, espantado de la imagen que vi en el reflejo: Yo, que hasta ayer era un feliz perro vagabundo, había sido convertido en humano. 

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