ODA AL PEDO: ¡CANTA PEDO!

Señor poderoso;
oloroso.
Címbalo sonante,
o víbora que sisea; silencioso.
Invisible es,
mas ráfagas de él
provienen de poderosos,
de humildes, de hermosos.
De bellos que no envejecen,
y de reyes suntuosos.
Su presencia incomoda;
su aroma, ahoga.
Del intestino del romántico
sale medio tumbado.
Melancólico tal vez,
o tal vez suspirando,
llenando su escenario
donde éste está cantando.
¡Canta, pedo, canta!
Que no apaguen tu voz
narices arrugadas,
abanicos adiestrados,
o el dedito que tapa.
Has tu voz firme,
como un trueno que avanza
por un cielo de aromas
que ya ni su dueño aguanta.
Nunca más humillado;
nunca más olvidado.
Desde su trono mal mirado
aquí está el pedo, reclamando
su lugar entre los hombres
a fuerza de incomodarnos
en las caricias de un abrazo
donde mal me han apretado,
conteniendo su llegada
hasta en medio de un orgasmo.
¡Oh pedo, pedo, pedo!
Señor de cenas
luego de un rato.
De la sonrisa de un niño
después que uno se ha tirado.
Oh pedo, no nos dejes
algún día de ti olvidarnos,
aunque se retuerzan nuestras tripas,
y la nariz pierda su olfato;
hay calorcito por el recto;
otro pedo me ha inspirado
en un grito que emociona,
que desgarra, pregonando:
“¡Aquí está el pedo, Señores,
hoy sus vidas perfumando!”. 

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