" MARTES HOY, MARTES MAÑANA..."

René se apuraba en picar la leña; las negras nubes invernales anunciaban que venía lluvia por lo menos para una semana, así que tenía que dejar la leñera llenita antes de que se largara el agua. “¡Tue tue! ¡Tue tue!” se oyó en el aire, sin que el hombre lograra divisar el pájaro que hacía el extraño canto. Todos sabían que René no creía en eso de los brujos, pero por si acaso, dijo en voz baja: “Ven a tomar once mañana, te vamos a estar esperando con sopaipillas...  ¡Carlos! ¡No te ensucí’s o tu mamá te va a retar!” le gritó a su pequeño hijo de 5 años que tiraba piedras al estero.

Ya casi terminaba de descargar la carretilla con la última leña cuando se levantó un viento terrible, que hacía chicotiar las ramas del manzano. “¡Carlos, éntrate!” gritó desde la puerta. Ya al interior de la casa, René se lavó las manos, y se sentó a esperar la suculenta once con chapaleles que le tenía la Gabriela. “¿Y Carlitos?” preguntó su esposa. “Pucha el cabro ‘e miércale, le dije que se entrara. ¡Gonzalo, anda a buscar a tu hermano que se quedó jugando en el estero!” mandó René a su primogénito, de unos 10 años. De mala gana, el jovencito se levantó del cómodo sillón donde miraba tele. “¡Abrígate antes de salir!” le ordenó su madre, lo que no hizo más que aumentar la molestia del niño.

“No está na’ el Carlos” dijo el Gonzalo, volviendo después de un rato mojado por la lluvia que ya había comenzado. “¡Cómo no va estar!” alzó la voz Gabriela; ella era de modales muy suaves, rara vez hablaba fuerte. “Tiene que haberse ido pa’ donde los González” tranquilizó René a su mujer; “mataron una chancha y apuesto que se fue a comer chicharrones este roto. Yo lo voy a buscar”. Se puso su chaque de agua, agarró la linterna, y salió.

La noche lo pilló justo cuando decía “Aló” en la reja de los vecinos; el perro no era mañoso, pero encontraba muy patú’o meterse a lo caballo al patio de otra persona. La Aurora, esposa del Rubén, salió a la puerta: “No está na’ aquí y no ha vení’o hoy día…”. El corazón de René se apretó; era imposible que Carlos cayera en el estero, ya que lo conocía de nacimiento y tenía poca profundidad. Pero en invierno el león suele bajar hasta las casas en busca de ovejas y hasta de gallinas, aunque nunca se había comido a un niño… “Aurorita…” exclamó, casi faltándole el aire de la pura angustia, “puede llamar al Rubén por favor…”.

Ambos hombres fueron hacia el monte en busca del niño. Sus gritos se confundían con el viento
y con los truenos de la tormenta, y la luz de las linternas se las tragaba la noche, que estaba oscura como boca de lobo.

A eso de las 5 de la mañana, y a la fuerza, Rubén convenció a su vecino de ir a dormir un par de horas, asegurándole que reanudarían la búsqueda en la mañana. Casi llegaban a la casa cuando un débil grito los hizo entrar en alerta; “¡René…!” se oyó apenas entre la lluvia. Su hijo nunca lo llamaba por su nombre; no, no era él. Pensó en La Llorona, pero no se lo dijo a su amigo. A Rubén le pasó lo mismo. “¡René…!” se hizo más clara la voz: Era la Gabriela que, dejando al Gonzalo durmiendo, había salido en busca de su esposo y de su hijo más chico.

“Traten de dormir, yo voy a juntar una comitiva pa’ salir a buscarlo cuando aclare” les dijo Rubén, compadecido de ver a la Gabriela llorando abrazada al René, y a éste con los ojos vidriosos. González sabía que la cosa era mala: En toda la historia del valle jamás se había escuchado de un niño que se perdiera. Esta era la primera vez, y sus habitantes no sabían qué hacer.

A la amanecida, Omar Quezada llevó a sus perros cazadores de liebres, a los que dio a oler una polera del niño. Cada hombre fue a caballo; varios cargaban rifles. Había un universitario de visita donde los Molina, y aunque no sabía montar, lo llevaban en ancas porque tenía unos largavistas bien buenos para ver a la distancia. La comitiva la encabezaba René. En su casa, Gabriela era consolada por algunas de sus vecinas.

Se dividieron en 3 grupos: Unos hombres recorrerían el camino hasta el pueblo, otros irían hasta la playa y buscarían en toda la orilla, y el resto se dirigiría al monte.

La búsqueda fue inútil; no había rastro del pequeño. Sin decírselo a su compadre, Rubén había pedido a los demás huasos buscar zapatos, ropa, o algún indicio de un cuerpo sin vida. Pero ni siquiera eso habían encontrado.

A la oración, cuando sus vecinas ya se retiraban, Gabriela le pidió a Gonzalo esperar a su padre, y salió. No sabía muy bien dónde, pero ya no podía estar en su casa mientras su chiquillo debía estar pasando hambre y frío. Porque muerto no podía estar. Se persignó ante el fatal pensamiento, y se tapó con el chal de la ahora fina lluvia.

Gabriela llamaba a Carlos con esa desesperación que una vez la Maravilla, una de sus vacas, llamaba a su ternero cuando éste cayó a una quebrada y se destungó; la Maravilla mugió por días, hasta que lograron sacar a su cría, aunque ya estaba llena de gusanos. “Chiquilla, por Dios, creí que eras La Llorona…” oyó: Apenas visible por la oscuridad creciente, la señora María andaba recolectando murras en la orilla del camino. “Doña María…. Cómo está…” saludó Gabriela; en otras circunstancias, se hubiese muerto de miedo; se decía que la viejita era una chonchona, y aunque por su ceguera no podía ver, convertía a la gente en perro cuando se la encontraba de noche. Pero hoy Gabriela no tenía cabeza para nada más que no fuera su hijo. “El Carlitos no ha aparecí’o…” dijo la anciana, sin que se sepa si afirmaba o preguntaba tal cosa. “No…” respondió la mujer, sollozando. “Vamos pa’ tu casa mejor será. A esta hora ya no se ve na’ y ni siquiera anda’i con linterna... Ven, tómate de mi brazo” le dijo la anciana, y caminaron de vuelta en medio de la profunda oscuridad.

René no encontraba la forma de decirle a su esposa que el niño no había aparecido… Tomó aire, y abrió la puerta. “Señora María… Buenas noches…” saludó, sorprendido de ver en su casa a su vecina, que tomaba once con su esposa. Untaba en el picante una esponjosa sopaipilla. “La señora María te está esperando; quiere hablar una palabrita contigo…” le dijo Gabriela, ahora cayendo en cuenta de cómo hace un rato la viejecilla pudo saber que no llevaba linterna… “¡Parece que hubieses visto al Diablo hombre por Dios!” le dijo la anciana al notar su sorpresa. “No creo en esas cosas…” respondió el campesino afirmando la voz y colgando su sombrero. “Sí, claro” esbozó una sonrisa doña María, sorbeteando el té. “Siéntate mejor será, hay algo importante que debo decirte…”.

“La Elcirita, tu madre, fue a buscarme desesperada una noche. Tú eras un mocoso no más, debes de haber tenido la edad de Carlitos. Cuando entramos a tu pieza, llorabas diciendo que había algo bajo de la cama…”. “¡La Llorona!” interrumpió René repentinamente, dejando salir su pensamiento. “¡Menos mal que no creí’s en fantasmas!” rió la viejita: “No, no era eso. A ti, de chico, te molestaban los duendes…”. Gabriela se persignó, “revisamos debajo de tu cama: Estaba llena de caca de duende. La limpiamos, ¡y les echamos un buen rosario! Marqué la cruz de Salomón en las puertas, y santo remedio, nunca más viste a esos “hombres chiquititos” como les decías”.

“Suelen observarse en la quebrada que está entre Los Cañeños y los Gómez” continuó su relato la anciana, “a ver… Qué día es hoy…” decía, mirando hacia el calendario que colgaba detrás de la estufa, como si pudiera verlo... “Domingo” respondió Gabriela. “Entonces no vayas mañana. Anda el Martes. Y vuelve antes de que anochezca” le dijo a Rubén, “es muy importante que vuelvas antes que se haga de noche, ¿entiendes?” repitió la viejita con vehemencia, “si esos diablos se lo llevaron, ahí lo puedes pillar”.

La viejecilla cogió su chal para irse y al levantarse de la silla, de abajo de su cojín cayó una tijera en cruz: “¡Jesús, María y José!” exclamó, “¡yo ayudándoles y ustedes creen que soy bruja!” soltó una carcajada, palpando y recogiendo la tijera del piso. “Doña María, no sé quién puso eso ahí…” se disculpó avergonzada Gabriela. “Yo sí…” dijo la anciana, girando la cabeza hacia la puerta que daba al comedor; mirando por la rendija estaba Gonzalo, quién sabe hace cuánto escuchando. La señora María tomó un filoso cuchillo de la mesa, con el que Gabriela había rebanado el pan. Los esposos se sobresaltaron. Gonzalo corrió asustado hacia su pieza. La viejita se levantó, fue hasta la puerta donde había estado el niño palpando la pared, y talló con el cuchillo un extraño símbolo en la madera. “La Cruz de Salomón” exclamó.

“La voy a dejar” le dijo René, cuando su vecina se despedía a eso de las diez de la noche. “No es necesario, la lluvia está fina, y conozco el camino como la palma de la mano”. Les dio un beso en la frente a ambos esposos. “ Ah…” dijo, volviendo unos pasos y clavando sus blancos ojos en los del hombre: “Cuando vayas a esa quebrada, anda repitiendo: “Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana…”. “Y que los pies se le hagan lana…” completo la oración René con una frase que hace mucho tiempo su difunta madre le había enseñado para espantar malos espíritus. “Eso mismo” sonrió ella, dando unas palmadas en el rostro al hombre y perdiéndose luego en la noche.

El lunes temprano llegó Rubén con algunos de los vecinos. “Vamos a la quebrada de los Cañeños” dijo de inmediato René.

La lluvia había acampado. Avanzaban en esa dirección con sus caballos cuando el hombre de los binoculares gritó: “¡Allá! ¡En el cerro de enfrente! ¡Allá veo algo!” Toda la comitiva se devolvió y galopó hacia el otro cerro.

René fue el primero en llegar; una leona feroz se puso frente al caballo mostrando los dientes. Tras ella, dos crías de puma se escondían en un arbusto. Y allí mismo, huesos… Pequeños, como los de un brazo o piernas de un niño… Rubén llegó poco después. Tiró con el rifle al animal, pero no le dió, y la gran felino salió corriendo seguida de sus crías hacia el monte. Al ver los huesos, se quitó el sombrero, y puso su mano en el hombro de su compadre…”Lo siento René” exclamó. Las gruesas lágrimas rodaban por las mejillas del padre de Carlos. “No son del niño” exclamó el universitario, llegando y acomodando sus anteojos; “estos huesos son de un ciervo, posiblemente un pudú macho…” decía el estudiante de biología, examinándolos en su mano. “No, definitivamente estos restos no son los de su hijo” le aseguró a René, sonriendo. Le volvió el alma al cuerpo al campesino. “Vamos a la quebrada de los Cañeños ahora” insistió.

Pero en un santiamén el viento y la lluvia volvieron, y aumentaron de tal forma que casi no se veían de un jinete a otro. Pronto sonaron truenos monstruosos, que espantaban a los caballos. “¡No sirve de nada ir así!” le gritó Rubén, apenas audible entre el estruendoso viento, “¡debemos esperar a que acampe, o volver mañana!”.

Pero la lluvia no acampó. Cada hombre regresó a su casa, con la promesa de volver si el temporal pasaba. Pero no pasó.

En cuanto amaneció el día Martes, René tomó su sombrero y su fusta sin esperar a sus vecinos. “Tengo miedo…” le dijo Gabriela al despedirse. “Que sea lo que Dios quiera” le dijo René, y montó su caballo en medio de la fuerte lluvia.

El viento empujaba al Avellano, su caballo, como si no quisiera que se acercara a la misteriosa quebrada. Las patas del animal se hundían en el abundante barro a tal grado que no pudo seguir avanzando; jinete y alazán tuvieron que devolverse e ir a dar la vuelta larga donde Los Quelines. René se demoró el triple, pero llegó. “Martes hoy, martes mañana…” alcanzó a decir, y sintió un crujido de madera; no lo vio hasta que estuvo muy cerca: Un enorme canelo venía cayendo, cuyo tronco había sido trozado por la fuerza del viento. “¡Salta mierda!” gritó chicotiando al Avellano que brincó y logró esquivar el descomunal árbol. Nunca había visto un canelo de tan grandes proporciones por aquí… “¡¿Papá?!” escuchó; no se dió cuenta en qué momento la lluvia se había convertido en una suave llovizna. El corazón del huaso latía a mil. “¿Papá, eres tú…?”. No había duda; era la voz de Carlos… Que venía desde dentro del malogrado tallo leñoso que había quedado enraízado al suelo. Se bajó de un salto, y corrió hacia él gritando “Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana… ¡Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana!”. Allí, dentro de ese tronco, en un espacio que parecía tallado a la medida del niño, estaba Carlitos. Se veía rosado, sano, e increíblemente seco, salpicado apenas por unas pocas gotas de lluvia. El huaso lo sacó del tronco hueco y lo abrazó, llorando. “¡Tu mamá va a estar tan contenta!” exclamó. Buscó al caballo, pero ya no estaba. “Se debe de haber asusta’o con la caída del árbol” pensó; pero no importaba: Tal como la señora María le había dicho, su hijo estaba aquí, y nada podía opacar su felicidad. Llamando al Avellano, emprendió a pie el camino de vuelta, con su pequeño de la mano.

“¿Tienes hambre?” preguntó René luego de un buen rato de avanzar. El niño movió la cabeza en negación. “¡Pero si no has comido en días!” le dijo el padre. “Sí comí…” le dijo el niño, mirando a sus espaldas, hacia unos arbustos. “¿Ah sí? ¿Qué comiste?”. “Gusanos…” dijo el niño, sacando una regordeta lombriz de su bolsillo y llevándosela a la boca. “¡No, bota eso!” le dijo René, dando una palmada al bicho que cayó al pasto; “¡quién te dijo que eso se come!”. “Mis amigos…” le dijo Carlos, volteando de nuevo la cabeza hacia los arbustos. “¿Qué… Qué amigos…?” preguntó René, sintiendo que se le erizaban los pelos de la espalda. “Mis amigos, los hombres chiquititos… Papá, apurémonos, se está haciendo de noche...”.

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