NO MORIMOS BIEN

No morimos bien. La partida de un ser amado nunca debería estar relacionada con cobros millonarios, ni negocio alguno de un cementerio. Es una experiencia sublime, dolorosa y sublime, por la que casi todo humano consciente pasará. Admiro a los que, con todo su pesar a cuestas, programan días de velorio, lugar, comida a servir, cuotas del servicio funerario... Lo vemos como algo normal, ¡pero no lo es! Es corriente, que es diferente. Es común; nos acostumbró la industria funeraria a eso. Pero no es normal.

En Avatar, una de mis películas regalonas, aparece un NaVi muerto. "Neytiri dice que toda la energía es prestada, y un día, debes devolverla" dice el protagonista, observando el cuerpo de una mujer azul que yace en una pequeña fosa. ¡Qué incuestionable realidad! El cuerpo de la escena está a la intemperie, en posición fetal, con adornos de flores. Es eso, a mi parecer, mucho más lógico y correcto que el modelo de cementerios que impera aquí en nuestro mundo. Y relacionada con Avatar y la muerte está hecha (parte de mi) una de las experiencias más intensas y emocionantes que he tenido el privilegio de vivir. Por respeto a los protagonistas, cambiaré los nombres.

Ocurrió hace unos años. Trabajaba como ejecutivo en una sucursal de una empresa de telefonía. Tenía una oficina; era de los ejecutivos VIP, aunque mi sueldo era, digamos, clase turista. Pero tenía una oficina para atender personalizadamente a los clientes. Un día, entró a mi oficina un hombre de unos 48 años junto a un muchacho. Me llamó la atención la polera de ambos; eran idénticas excepto por el color, y tenían algo escrito y unos dibujos, pero mi atención no era lo suficientemente grande como para molestarme en leerlas. "Buenas tardes, tomen asiento" los saludé con una sonrisa. El muchacho le dijo al hombre mayor que esperaría afuera.

Luego de plantear el motivo de su visita, se activaron en mi los genes conversísticos de mi abuela, y mientras revisaba el caso hablamos de cómo la sociedad avanzaba; de lo que estaba bien, y lo que estaba mal. Resultaba que mi cliente era un profesor de historia de la U de Chile, así que la charla era como "darle azúcar". Y uno de los temas que tratamos fue este mismo; no morimos bien. Y no vivimos bien. Pasamos por la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, la falta de Revolución que hoy en día tenemos... "¿Vio la película Avatar?" pregunté. Movió la cabeza en negación. "¡Tiene que verla! Yo creo que debemos vivir como los NaVi, de Avatar. Esa es la forma correcta de vivir" le dije.  La cara del hombre cambió. Sus ojos... Todo su ser se conmocionó, y fue aquello tan evidente, que lo noté de inmediato. "¿Ocurre algo?" le pregunté. Tragando saliva y esforzándose por hablar, exclamó: "Tengo dos hijos. Julián, el que viste que hoy me acompañó, y Matías, el mayor. Matías viajó hace un tiempo a Nazca; soñaba con fotografiar las líneas desde el aire. Pero su avioneta cayó, y murió". Hizo una breve pausa; "Antes de irse, escribió esto que ves en mi polera; le gustaba reemplazar palabras por dibujos, por eso dice "No se olviden que la felicidad está en acariciar un 🐶, oler una 🌸, plantar un 🌲...". Yo estaba petrificado. Él continuó: "Le gustaba Avatar y me pidió varias veces que la viéramos, pero a mi no me gustaba. Lo último que me dijo al subir al avión fue...". Las lágrimas corrían por sus mejillas; "lo último que me dijo fue: "Tienes que ver Avatar. Tenemos que vivir como los NaVi, de Avatar. Esa es la forma correcta de vivir". Ambos lloramos. "Y aún no he sido capaz de verla. Pero ahora, al hablar contigo, fue como si él me lo dijera de nuevo".

"Mandé a hacer estas poleras para sus amigos, su hermano, y para mi; yo jamás me las saco, las uso a diario, aún cuando tenga que dar una cátedra en la universidad: Todos saben que usaré una de mis poleras siempre".

"Cuando fui a Perú a recuperar el cuerpo, me advirtieron que sólo habían restos de él y de sus pertenencias. Cuando el transporte que nos llevaba pasó por fuera del sitio acordonado donde había ocurrido el accidente, me ordenaron que no bajara. Pero los desobedecí. Me revolucioné. Bajé y fui hasta el lugar donde había muerto mi hijo. Reconocí algunas de sus cosas; partes de un reloj, su cámara... Y un rollo con las últimas fotos que alcanzó a tomar". Me mostró unas fotos aéreas de Nazca.

"Cuando me entregaron sus restos, me negué a sepultarlo en un cementerio. Hice todas las averiguaciones con Sesma y Registro Civil, y conseguí el permiso para enterrarlo a los pies de un árbol en el patio de nuestra casa, donde él jugaba cuando niño; me exigieron que fuera un patio grande y que no se fueran a contaminar napas de agua, y por suerte nuestro terreno cumplía con las características. Te imaginarás lo que siento ahora en verano, cuando tomamos once a la sombra de ese árbol; mi hijo no está muerto. Mi hijo vive en cada fibra, en cada raíz, en cada hoja...".

¡Menuda experiencia! Me emociono al recordarla. Y es que la verdad biológica que hay aquí versus la costumbre antinatura de los cementerios, es apabullante. Conversábamos hace un tiempo con unos compañeros y compañeras de trabajo de ello. "Si las cosas se hicieran así, la muerte no existiría" decíamos, con la chispa de quien descubre la verdad en los ojos. "Tu ser amado sería enterrado a los pies de un árbol, y biológicamente (nada esotérico ni de "budú pagano" (como dice la doctora Agostine...)). Biológicamente tu ser amado, sus células, serían parte de ese árbol, del pólen de sus flores y de las mariposas y abejas que de él se alimenten en verano, de su sombra, de las hojas moviéndose y susurrando cuando el viento pasa a través de ellas... La muerte no existiría".

Pero ante la partida de un ser querido hoy, los que quedamos, los que los extrañamos, somos como un piano o un violín en manos de la muerte.

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