LA PALOMITA

La leyenda campesina llama "Palomita" a una mariposa nocturna muy especial; si alguien se duerme con sed, su alma sale desde dentro de su boca convertida en mariposa, y va a buscar agua; trae dos gotas en sus alas, y las da de beber al cuerpo. Repite el procedimiento hasta que se sacia la sed. Luego vuelve a entrar a la boca, y así el alma vuelve al cuerpo. Pero no son más que cuentos...

 Cuenta la historia que dos amigos partieron a lo alto de la montaña a buscar alerces para alimentar el fuego de sus estufas. Faltaba poco para el comienzo del invierno, y ya se podía sentir el frío siseando entre la copa de los árboles. Uno de ellos, Antonio, llevaba a todas sus salidas al Misifus, su gato regalón, obsequio de su pequeño primogénito, Antonio Segundo. El otro leñador que acompañaba a Antonio, su amigo y compañero de farras, era Bernardo. Bernardo quería concluir pronto la labor y volver al pueblo; parte de los alerces que talaría serían para venderlos, y con ese dinero compraría algunas provisiones para que su familia resistiera el invierno como Dios manda.

            Ambos amigos junto a dos o tres hombres más habían construido hacía ya unos años un refugio en lo alto de la cordillera; otros leñadores también lo usaban, y lo cuidaban. Siempre en el interior había una provisión de leña, fósforos, lazos, y si había suerte hasta algunos huevos de treile o peuco para comer que alguien más había dejado. Pero aunque esta noche no habían huevos, sí ardía en un pequeño fogón al centro de la garita la carne de un venado que Bernardo había cazado poco antes del anochecer. Comían despreocupadamente, cuando Bernardo miró al gato de Antonio y exclamó: "¡Cuando había comido tan bien este roto!". El gatito quitaba delicadamente la carne de un hueso de la pata del cocinado ciervo. Cuando terminaron de cenar, el viento se volvió más fuerte, y dio un azote a la garita que hizo saltar a ambos hombres. "Ya, buenas noches" dijo Antonio a su compadre, cubriéndose con unas frazadas malolientes que había sacado de una caja. Desde el otro lado del fuego Bernardo respondió a las buenas noches, y dándose vuelta hacia la pared, cerró los ojos, pero la sed de inmediato apareció, y no lo dejaría dormir si no la saciaba. "Oye Antonio" habló a su compañero, "¿Trajimos agua del estero o no?". Antonio se sentó; iluminado por el fuego que debía tardar hasta el amanecer en consumirse, le dijo que no, pero que el estero estaba cerca para ir a buscar agua. "No, me aguanto no más" respondió Bernardo, y se aprestaba a taparse nuevamente con sus frazadas, cuando el tono de voz de Antonio se volvió más grave: "Amigo, anda a buscar agua; ya sabes lo que mi mamá dice: No hay que acostarse con sed, porque si no la palomita sale a buscar agua en la noche, y capaz que no vuelva". Bernardo echó a reír ante el comentario de su compadre: "¡Pero Antonio, por Dios!" exclamó, "¡no me vas a decir que crees en esas cosas, hombre! Esos son cuentos de nuestras madres, como ese otro que nos decían de niños que te haces pichí si juegas con fósforos, o que te va a salir una concha en la frente si no te pones la mano al tomar mate". Entre risas, ambos hombres se acostaron. Misifus se tendió a los pies de su amo, cerca del fuego. Bernardo cerró los ojos, y aunque pensaba constantemente en agua, no tuvo que hacer mayores esfuerzos para quedarse dormido.    

            Antonio ya iba en el quinto sueño cuando otro azote del viento hizo que la puerta de la cabaña se abriera de par en par. De un salto se levantó; miró a su amigo a ver si éste también se había despertado, pero dormía plácidamente. Antonio se levantó y fue a cerrar la puerta. Pero grande fue su sorpresa al ver a una mariposa nocturna, blanca como la luna, entrar volando suavemente a la garita. De cada una de sus alas colgaba una diminuta gota de agua, que brillaban como dos diamantes ante el resplandor del fuego que aún ardía. Maravillado, Antonio vio cómo el pequeño insecto fue hasta la boca de su amigo, bajó sus alas lentamente, y ambas gotitas de agua se deslizaron hacia los labios de Bernardo. Acto seguido, la mariposa emprendió el vuelo nuevamente hacia afuera; a Antonio le pareció como magia el que, a pesar del fuerte viento, la mariposita no tuviera inconvenientes para volar a través de la noche. Su delicado cuerpo claro destacaba de la oscuridad, y a Antonio le fue posible ver incluso cuando, en la parte más quieta del estero, el bichito dio un vuelo a ras de la superficie, y salió con las alitas adornadas de las dos gotas de agua.

            Pensó en que su amigo nunca le creería aquello. Pero al llegar a casa, le contaría a su madre que ahora sí le creía, que era verdad la historia del alma convertida en palomita que sale a buscar agua, y que nunca se debe dormir con sed. Todo esto recorría su mente vertiginosamente, al tiempo que miraba extasiado cómo otra vez la mariposa dejaba caer su preciada carga en los labios de su amigo. La palomita alzó nuevamente el vuelo, pero Misifus de un certero zarpazo la capturó. "¡Misifus, no! ¡Suéltala!" le gritó Antonio desesperado, pero el gato dio un salto hacia el otro lado de la habitación, y masticó al insecto. Antonio fue hasta Bernardo, y escuchó cuando su amigo dio un último suspiro, y murió.

            Al amanecer, el leñador hizo un trineo con los árboles que ambos habían cortado, y tan suave como la mariposa deslizaba las gotas de agua en los labios de Bernardo, Antonio depositó en cuerpo de su amigo en los alerces. Amarró un extremo del lazo a ellos, y el otro lo enrolló en sus hombros, y tiró. El camino de bajada era largo, y llegaría al pueblo antes del anochecer. Pensó en que la familia de su amigo y la policía nunca le creerían aquello. Pero al estar preso y condenado por la muerte de su amigo, le contaría a su madre que ahora sí le creía, que era verdad la historia del alma convertida en palomita que sale a buscar agua, y que nunca se debe dormir con sed.

            Misifus lo siguió de cerca.

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