CIELO X

Máximo y Javier por fin llegaban a San Juan. Su estadía sería de apenas dos días, pero bien valía la pena el gasto para llegar a ese maravilloso rincón del paraíso perdido en la selva valdiviana, y donde vivía su abuela, la señora Rosa Alvarado, a quien venían a visitar cada verano. Máximo, de niño, había vivido en este valle, pero de joven se había ido a la capital para estudiar, a vivir con una tía, la madre de Javier. Ambos muchachos, además de primos, eran grandes amigos y aventureros por naturaleza. Y como siempre lo hacían al llegar a San Juan,  saludaban a su abuela, dejaban bolsos y mochilas en la habitación, y partían donde su tío Octavio, pescador, leñador, y también aventurero, con el que hablaban de los misterios que a veces se veían por el valle.
    La primera noche en el lugar ambos dormían profundamente, agotados por el largo viajo desde la capital. Javier, que estaba en la cama que daba hacia el río, despertó con unos golpeteos en la ventana. A pesar de ser muy escéptico, un escalofrío le recorrió el cuerpo; en San Juan se dice que esos ruidos los puede hacer un brujo… Pero se dio valor, y acercó su cara a la ventana para mirar… “¡Bu!” le dijo un rostro burlón que parecía salido del mismísimo infierno. Dio un salto hacia atrás; se trataba de su tío Octavio, alumbrado por un farol de tarro, y la luz de éste marcaba sombras tétricas en la cara del leñador. Javier entreabrió la ventana para responder a la nueva broma de su tío; el frío Viento Sur heló la habitación, ignorando al brasero y las brasas que aún quedaban. “Oye guaso” dijo Octavio, “hay unas luces muy raras en el cerro…”. Javier sonrió; no era la primera vez que su tío los despertaba a las 4 de la madrugada sólo para jugarles una broma o invitarlos a pescar. “Máximo, despierta, Octavio quiere que lo acompañemos a calar la red, y como no acostumbra pedir las cosas, prefiere decir que hay unas luces en el cielo”. Durante su niñez en San Juan el primo de Javier había visto muchos Ovnis en el valle, así que en vez de descartarlo, Máximo creyó que las palabras de su tío podían ser ciertas, pero disimuló: “¡Este anciano que no deja dormir! Ya, vamos a pescar” dijo malhumorado, pero con curiosidad por ir a mirar el cielo. Ambos muchachos se vistieron y salieron en silencio para no despertar a su abuela.
    Afuera, Octavio insistía: “Mientras se vestían, vi que una de las luces bajó del cerro en esta dirección, pero poco antes de llegar, se esfumó” decía recorriendo con los ojos la oscura y repentinamente silenciosa selva valdiviana; los insectos habían enmudecido. E inmediatamente un poderoso estruendo se oyó  sus espaldas, y algo los iluminó: Una criatura de aspecto metálico y robótico, en forma de esfera de 1 metro de diámetro aproximadamente, los observaba con un único ojo-foco. Estaba a unos tres metros de altura, gracias a 3 patas-tentáculos sobre los que se soportaba.
    Máximo era el más asustado de los tres. No podía creerlo: A cada momento aterrizaban y aparecían de en medio del bosque robots extraterrestres, con su terrorífico ojo rojo (que al centro del mismo se volvía más claro), escudriñando e iluminando todo… De reojo, Máximo miró hacia la huerta de su abuela, que estaba a muy corta distancia: Un macizo fierro apuntalaba el cerco. Como un relámpago Máximo corrió, cogió el fierro, y le dio de lleno al robot en una de sus patas, pero como una escena salida de “La Guerra de Los Mundo”, la criatura apuntó su ojo contra el muchacho, y disparó… Un potente rayo de luz verde-azulado hizo saltar varios metros a Máximo. Javier y Octavio miraban incrédulos. Pero no fue más que un fuerte golpe; el joven recuperó enseguida la conciencia, y fue obligado por los aliens a volver con sus dos parientes.      
    Llegó el amanecer, por fortuna la señora Rosa no despertaba, pero los robots seguían moviéndose de un lado a otro, muy inquietos. No parecía que estaban buscando algo, o haciendo algún procedimiento, simplemente iban y venían, generando el típico sonido que hace un robot. Repentinamente apareció sobre el lugar un inmenso jet negro, que no hacía ruido. Descendió hasta quedar muy cerca el suelo, se abrió una compuerta, y bajaron… ¿Los X Men? Aquello no era posible. Máximo y Javier veían con más asombro que el que produce ver robots alienígenas cómo Guepardo, Tormenta, Cíclope, Bestia, Titania, y Jean Grey saltaban a tierra, tan magníficos y espectaculares como en las caricaturas que veían de niños. Sólo que estos eran reales. Los alienígenas comenzaron a dispararles, pero los héroes se movían muy rápido, y disparaban con armas espectaculares hacia los malvados robots. Octavio corrió a ocultarse bajo la casa, pero Javier y Máximo estaban extasiados viendo las garras de Guepardo atacar así, en vivo y en directo, y los rayos de Tormenta recorrer el cielo y caer sobre los redondos extraterrestres. Octavio se devolvió, y por la fuerza llevó a los muchachos a ocultarse. “¡No es suficiente!” gritó el líder de los Hombres X, Cíclope, que con su poderoso rayo rojo salido de sus gafas especiales daba a los robots, pero estos caían y volvían de inmediato a levantarse, y contraatacaban. “¡Es hora del plan B! ¡Guepardo, ahora, el arma que te di!” alzó la voz Bestia, azul y peludo, que estaba montado sobre un alien y lo golpeaba sin cesar. Guepardo se tiró al suelo y rodó hasta donde estaban los muchachos. “Presten atención, los tres. Esto debería detener a los extraterrestres” les dijo, pero Javier y Máximo no podían prestar atención a nada más que no fuera su ídolo, su héroe, que ahora los miraba y hablaba. “¡Presten atención mierda!” les habló Octavio, sacándolos de su embelesamiento. “Toman una de estas armas, y proceden, en el visor,  a instalar un chip de celular” dijo Guepardo, con una mueca de desprecio en el rostro, rudo como siempre… “¡Presten atención mierda!” los golpeó en la cabeza su tío. Guepardo continuó: “De algún modo, las frecuencias en las que trabajan los celulares al generar un llamado bloquean su actividad, y ese será el momento exacto en que se debe atacar”. “Y para eso, necesitamos de ustedes” oyeron los 4, el héroe y los sanjuaninos, en sus mentes: Era la sensual voz de Jean Grey, que contenía con sus poderes mentales a uno de los robots, y de reojo observaba a los muchachos: “Mira cómo le queda el traje…” le dijo Máximo a Javier, y este respondió con un suspiro: “tan ajustado a sus…”, “¡presten atención!” les dijo Guepardo, golpeando a los muchachos en la frente, y también a Octavio, que al igual que sus sobrinos estaba embelesado con la belleza de la mutante. “Los necesitamos para que disparen: Cuando ustedes lo hagan, nosotros atacamos. Titania ya está a bordo del Ave Negra” (y por supuesto los muchachos de inmediato supieron que se trataba del Jet en el que viajaban sus héroes), “y traerá 2 armas, una para cada uno de ustedes. Cuando las tengan en las manos, instalen en el visor de tiro los chips de sus celulares, y disparen. Toma, este es mi chip, y esta será tu arma” exclamó el personaje del cómic, dando la enorme pistola con la que había hecho la demostración a Octavio. “Guepardo” se atrevió Javier a hablar a su héroe, con más emoción que concentración, “no tenemos nuestros celulares aquí…”, pero fue interrumpido por una voz que no esperaban oír: “Que sean 3 armas, y acá están sus chips muchachos” les dijo la señora Rosa, su abuela, que se había escurrido por la puerta de la cocina hasta debajo de la casa. “Vamos a matar a todos estos robots chuchaesumadres, no saben na’ la chichita con la que se están curando” sentenció la viejita. “Esa es la actitud” exclamó Guepardo, y volvió a la pelea. Y en menos de 10 minutos, por el costado, apareció Titania con las 3 armas: “Tomen, Guepardo ya les dijo qué hacer” habló, y se elevó, volando. Octavio la observó fijamente: “En verdad les quedan ajustados lo trajes” comentó con sus sobrinos, pero de inmediato recibió una certera palmada de su madre en la nuca: “¡Concéntrate mierda!” le ordenó la viejita.
    Repentinamente, cual soldados de una escena dramática, salieron de debajo de la casa los 4 héroes, con aires de triunfo y apretando sin parar los gatillos. “¡Pero estas weas no disparan!” exclamó Octavio, y de inmediato un robot le dio de lleno con el rayo de energía verde-azulado. “¡Disparen, son frecuencias, por eso no se ven! ¡Sólo háganlo!” gritó Guepardo, que estaba preso en uno de los tentáculos de un robot. Javier afirmó el pulso, y disparó hacia el robot que apresaba a su héroe… El alien cayó, retorciéndose, y fue partido en dos por las garras del X Men. “¡Así se hace!” les dijo Bestia. Y se lanzó el resto del comando de bravos humanos: La señora Rosa hizo caer al menos a 7, Octavio gritaba tal como si se tratara de una guerra ya ganada, y Máximo se sentía casi como uno más de sus héroes mutantes venciendo al mal con frecuencias invisibles… A cada robot que caía, un mutante se le venía encima y lo hacía trizas. Pero había uno, el último de los aliens, muy rápido, que parecía escapar de los disparos de frecuencias, y trataba de atacar a los humanos. “Este déjenmelo a mí” dijo la señora Rosa. Soltó el arma de frecuencias,  y sacó de su delantal  una honda. Recogió una piedra, y casi sin esfuerzos y con aires de superpoderosa esquivó un rayo que le lanzó la criatura: “¡Con esto te vas a llegar a peer!” le gritó al monstruo, y disparó la honda… La piedra de San Juan dio justo en el ojo rojo de la criatura, y de inmediato Bestia saltó sobre él, y lo golpeó tan duro que lo desarmó. “Y sería todo señores” dijo la ancianita, y fue hasta el estero a beber un poco de agua.
    Ya al mediodía, el patio estaba lleno de robots-aliens muertos,  y partes metálicas de los mismos regados por doquier. Por fortuna, los sanjuaninos habían venido a ayudar a limpiar todo. La señora Rosa invitó a almorzar a los superhéroes, pero tenían que irse pronto a otra misión, así que les dio para el viaje dos panes de campo, grandes, de los que hacía ella. “Muchas gracias, en nombre de todos” dijo Cíclope abrazando y besando dulcemente a la viejita, que les deseó buen viaje.
    Ya por la tarde, Máximo y Javier se aprestaban para volver a Santiago. “No se vayan chicos, tengo un mal presentimiento” les dijo, intranquila, su abuela. “Tranquila abuelita, lo que pasa es que con esto de los extraterrestres todos estamos temerosos, pero ya pasó”  la consoló Máximo tratando de abrazarla, pero la viejita, arisca, se hizo a un lado: “No sean porfiados mierdas, algo malo va a pasar, yo lo sé” insistió ella, esta vez muy afligida. “Tranquila abuelita, si nos sale algún marciano, le hacemos cariño con una de estas” dijo Javier, sacando de su bolso el arma de frecuencias que habían conservado.
    Y a pesar de no tener pasajes comprados, los dos muchachos se despidieron de su abuela, de su tío, y partieron rumbo a Corral. A poco andar pasó una camioneta, hicieron dedo, y llegaron rápidamente hasta el muelle, abordaron una lancha (en la que hablaban sin para de aliens, robots, y caricaturas vivientes, por lo que los pasajeros los miraban con cierto resquemor…). De ahí a Niebla, y por fin, al terminal de Valdivia. Pero no había pasajes. “Tenía razón mi abuela” pensó en voz alta Máximo. “Tranquilo, vamos a encontrar pasajes” lo consoló Javier, mirando los letreros de las oficinas de pasajes, a ver si alguno decía que quedaban pasajes a Santiago. Pero nada. “Joven, ¿busca pasajes a Santiago?” les habló un anciano de aspecto descuidado, un típico y chanta revendedor de pasajes. Pero tantas veces habían viajado los dos amigos, que engañarlos era imposible. “¿Va muy lleno el bus?” abrió los fuegos Javier con una pregunta típica, para esperar oír siempre la misma respuesta: “Sí, pero arriba quedan asientos”. Pero esta vez fue diferente: “Va vacío” respondió. Pero a Máximo no lo convenció: “¿Dónde está el bus?”. Todos los buses piratas siempre están en las afueras del terminal, porque están en muy mal estado. Pero no: “Allí está” apuntó el hombrecillo: A un lado del terminal, en el último andén, había un bus con las luces apagadas, y en muy buen estado. Máximo habló a Javier: “Ese tipo de buses nunca chocan, y son muy cómodos. Creo que deberíamos subir, y probar”. Máximo siempre hablaba como si fuese un experto en marcas y características de buses, aunque sus conocimientos en las máquinas de transporte no eran más que los de Javier.
    Ambos muchachos subieron al bus; Máximo miró de reojo al viejecillo, que lo observaba fijamente. El anciano no le daba confianza, era claro. Javier, en cambio, se acomodó rápidamente en su asiento, y se aprestó a dormir. A Máximo le vino también un gran cansancio por todas las aventuras vividas, y aprovechando que el bus estaba vacío, se acomodó en dos asientos, y al igual que su primo, se durmió profundamente. Abajo, el viejecillo se acercó a la ventanilla que da al conductor,  y recibió un dinero de éste. Se alejó rápidamente, perdiéndose entre las sombras de los andenes.   
    El bus echó a andar silenciosamente, con las luces apagadas. Salió de Valdivia por el puente que da al cementerio de Las Ánimas, hasta llegar a aquel sector en el que no llega la luz eléctrica. La noche estaba oscura como boca de lobo. La señora Rosa tenía razón: “No volverán a molestarnos” exclamó en un idioma extraño el chofer del bus, con su único ojo rojo y su cuerpo redondo y metálico. Y sin detenerse, el bus se convirtió en un cilindro gris, y se elevó a gran altura hasta perderse en el firmamento.         

1 comentario:

Cesar D. Kaiser dijo...

La combinación entre realidad y ficción es muy buena, buenísimo.