CUANDO VIAJO A MI PUEBLO NATAL...

Cuando viajo a mi pueblo natal disfruto de todo, pero hay dos cosas en particular que me resultan muy especiales con las personas mayores. La primera de ellas, es llevarlas en el auto cuando las encuentro en el camino, cuando van desde o hacia el pueblo a pagarse de sus pensiones o a comprar sus víveres (igual como hacíamos mi abuela y yo). No se imaginan lo gratificante que me resulta hacer eso. Sé exactamente lo que se siente al ir por el camino polvoriento (o lluvioso en invierno), cansado, atento a cada sonido a la distancia que pudiera significar el motor de un auto. Verlo aparecer de detrás de un cerro, esperando que tenga espacio en su interior (o afuera si es camioneta), hacerle dedo, y que el auto se detenga, y lo lleve a uno cómodamente transportado a través de ese paisaje espectacular... Cada vez que de niño hacíamos ese viaje, le decía a mi abuela: "Cuando yo sea grande, voy a llevar a todas los viejitas...".

Lo segundo, es salir de paseo por el valle, a comprar huevos de campo e ir a visitar a las amigas de mi abuelita. En el camino, voy como loro contándole a mi hijo mil cosas de cada rincón del paisaje. Al llegar, veo sus casas exactamente iguales que en mi infancia; nada cambia. Generalmente las encuentro sentadas contemplando el río, haciendo un  arreglo en sus huertas, o hasta remando o arreando sus ovejas; son personas muy activas.  Por supuesto, con tantos años y kilos encima, no me reconocen como el chiquillo al que regalaban huevos o manzanas (misma cosa que siguen haciendo hoy). Pero ellas reciben a quien las vaya a visitar, a quien las vaya a ver. Es conocido por todos el cariño de la gente del campo con sus visitantes.

Ya sea mirándolas por el retrovisor o en sus casas, les digo: "¿Hola, ¿Me conoce? Soy el Marcelo, el nieto de La Rosa Alvarado". Sus caras se transforman; de inmediato se transportan en el tiempo. Mi abuelita les compraba o vendía (o intercambiaban) huevos, pescado, verduras... ¡Cuántas cosas vivieron juntas! Se emocionan hasta las lágrimas (idem), y comienzan a conversar de sus vivencias con mi abuela: "A La Rosa no le podían tocar al nieto que se ponía como una fiera", "La Rosa salía en su bote con unos tremendos temporales...".  Cada palabra que ellas dicen se hace parte mi ser, y me siento aún más agradecido de haber vivido mi infancia y haber sido criado por una mujer extraordinaria.

Hace dos años, fui a ver a quien había sido la cocinera de la única escuela que había en el valle y a la que por supuesto yo asistí. La hija de la señora me dijo cuando iba entrando: "Lo siento, ya no puede caminar y tiene alzheimer, no conoce a nadie, puedes pasar a verla de todos modos si quieres... ". "Sí quiero" le dije, y entramos junto a mi familia. Estaba sentada mirando la televisión. "Mamá, la vienen a ver" le dijo su hija, haciéndome un gesto negativo con la cabeza, recordándome que mi visita no sería muy fructífera. La viejita me miró, con esa paz que tienen las viejitas del campo en sus ojos, pero evidentemente sin reconocerme. "Hola..." la saludé con un abrazo, "¿Me conoce? Soy el Marcelo, el nieto de La Rosa Alvarado...". Me observó un instante. Y luego algo extraordinario, de lo más extraordinario y emocionante que me ha pasado en la vida, ocurrió: Una chispa en sus ojos relampagueó, y su expresión se transformó a la misma que ya había yo visto tantas veces en otras viejitas del valle: "¡Marcelito!" me dijo, "¡El nieto de la Rosa!" y me abrazó invitándome a la mesa. "No me diga que esta es su familia, que este muchacho es su hijo... ¡Cómo pasan los años!". Su hija miraba atónita y emocionada a su lado. Llena de energía, la anciana se trató de levantar para atendernos. Su hija, más sorprendida aún ante el gesto, le dijo que se sentara, que ella se encargaría. "Su abuelita lo amaba mucho" me decía, "cuando yo era cocinera de la escuela, les tenía que servir el desayuno a todos ustedes...". La hija no daba crédito a lo que oía. "La leche que les preparábamos la servía igual para todos, menos para usted.  La Rosa me pasaba a escondidas un tarro de Nestum para que yo le echara a su leche". Sorprendido, le dije "yo siempre creí que a todos nos daban leche con nestum...". "No, sólo a usted" me dijo, "su abuela me lo pedía". Me largué a reír y agarrándome la guata le dije "¡y aquí están las consecuencias de tanto nestum!".

Salí muy emocionado de esa visita aquel día. Muchas cosas extraordinarias habían ocurrido. Entre ellas, el enterarme después de tantos años de otra de las innumerables expresiones de amor de mi abuela para conmigo. Soy muy afortunado de haber sido criado por ella.